CUANDO EL CANTO DEJA DE SER PUEBLO (O… “Y bueno… que a los pobres Dios los ayude”)

 Este reportaje tiene una antigüedad de 16 años pero pinta al personaje en su más miserable rostro desde sus inicios.

𝑭𝒐𝒍𝒌𝒍𝒐𝒓𝒆 𝒔𝒊𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂
 (Editorial)


Por Esteban Gianello¹   

No soy partidario del folklore que pregona el Chaqueño Palavecino. Lo digo con conocimiento de causa y con años de oficio: lo entrevisté muchas veces a lo largo de mis 28 años como periodista. Y siempre me pareció el intérprete más frívolo que ha pasado por el escenario del folklore argentino. Frívolo no por cantar, sino por no decir.

El folklore argentino nació del dolor, de la tierra seca, del hambre, del despojo, del trabajo sin recompensa. Nació del pueblo hablando a través de la guitarra. Otros intérpretes dejaron legados inmensos porque pusieron el cuerpo y el alma por las problemáticas reales: la pobreza, la indigencia, la falta de trabajo, la injusticia social. Cantores que escribían para su gente, como Horacio “Pueblo” Guaraní, que no hizo otra cosa que ponerse en la piel de los suyos y que incluso tuvo que exiliarse en épocas oscuras por cantar verdades incómodas. No tenían miedo. No se escondían detrás del éxito.

Hoy, en cambio, abundan los ídolos de barro. Cantores comerciales, intercambiables, todos iguales en rítmica y letra. Temas vacíos, sin compromiso, sin identidad, sin pueblo. Música que suena, pero no dice. Que vende, pero no deja huella.

Recuerdo una entrevista a la salida del estadio del Centro, allá en el 2010 en tiempos de Chaya del brujo Vergara . El Chaqueño subía a su camioneta blindada —también cuestionada por su ingreso irregular al país— cuando logramos arrimarle un micrófono por la ventanilla. Le pregunté cómo veía el país, si le dolía la situación económica que ya entonces golpeaba a la Argentina, como hoy. Su respuesta fue tan simple como brutal:

“Y bueno… que a los pobres Dios los ayude”.

Ahí se desnuda el alma —o la falta de ella— de este personaje. Un intérprete insensible, más preocupado por lo comercial que por el mensaje. Siempre atento a expandir su patrimonio, incluso cuando fue cuestionado por la adquisición de tierras vinculadas a comunidades indígenas.

Pero claro, estos son los ídolos que como sociedad construimos y sostenemos, aun cuando las sombras empañan sus principios. El Chaqueño no me representa como argentino ni como amante del folklore. Jamás pagaría una entrada para verlo. Y probablemente a nadie le importe lo que piense un periodista al que algunos consideran insignificante. Aunque reconforta saber que muchos pensamos igual.

Un artista popular debería ser un complemento perfecto del compromiso social. Cantar desde las entrañas de un pueblo que pide justicia frente a la desigualdad social, política y económica. Los pueblos dicen mucho a través de sus cantantes. Y en el caso de Palavecino, su canto no dice nada de su gente; solo habla de su éxito, con vaivenes.

Creo en la profundidad de la canción y en la profundidad de sus intérpretes. En los que se comprometen con festivales solidarios, en los que ayudan a comprar ambulancias, en los que impulsan centros de salud en zonas inhóspitas, en los que llevan vacunas a niños del Chaco profundo. Eso también es folklore. Eso también es cantar.

No cuestiono que un artista gane dinero ni que el Estado pague espectáculos. Solo afirmo que la música y el artista deberían ir más allá. Dejar huella. Devolver en acciones concretas algo de todo lo que el pueblo entrega para sostener esos grandes shows facturados en dólares.

No creo en los ídolos de barro. No creo en los cantores sin alma. No son, como dice la canción, los que representan al “olvidao”, al que se puso de pie tragando tierra y saliva para decir verdades.

Si no se lo siente en las venas, no hay canción que conmueva hasta la médula de la patria.

¹𝑷𝒆𝒓𝒊𝒐𝒅𝒊𝒔𝒕𝒂 y 𝑳𝒐𝒄𝒖𝒕𝒐𝒓 𝑵𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒂𝒍



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