UN LIBRO, LA RADIO Y EL ENCANTO DE ALIMENTAR LA IMAGINACIÓN.
Por V.L.M.
Como profesional de radio que fui durante 15
años –con intervalos de tiempo que separaron la participación activa de los
parates en la actividad utilizados para la creación renovada, la producción y de
vuelta la conducción de nuevos programas en diferentes emisoras-, medio de comunicación masivo
que siempre amé y sigo amando, hoy se me ocurrió rescatarlo por el valor
formativo que tuvo en la población argentina por casi más de medio siglo
(1920-1970)
Llamativamente (y como reza la canción de la
Versuit “La Argentinidad al Palo” en materia de inventos difícilmente nos
superen: “El dulce de leche, el
gran colectivo, alpargatas, soda y alfajores. Las huellas digitales, los
dibujos animados, las jeringas descartables, la birome…”), la RADIO aparece
también como un invento argentino en materia de transmisiones. “Los locos de la
Azotea” (4 pibes) realizaron el 27 de agosto de 1920 la primera de ellas desde
el Teatro Coliseo de Bs As permitiendo a una audiencia más numerosa que la que
permitía el teatro, escuchar por radio (lógicamente a los que podían acceder a
tener un aparato), y en un radio limitado de distancia, la ópera “Parsifal”;
instalando al país como pionera mundial en la materia.
El aparato receptor, con su aparición, fue
ganando un lugar importante en el hogar de los argentinos. Era otro integrante
más en cualquier vivienda y a su alrededor se reunía la familia a determinadas
horas del día interesada por escuchar los programas de su preferencia.
Todo aquel mundo mágico que nos entregaban esos
aparatos de radio (algunos, y luego de encenderlos, había que esperar que las
“válvulas” se calentaran para que se escuchara algo), que solo nos regalaban
sonidos de voces y melodías a través de las cuales imaginábamos, escuchando a
seres desconocidos (pero ya familiares) que hablaban contando mundos y vidas, poco
importaban que fueran reales o imaginarios, teniendo la total seguridad -puedo
afirmar- que funcionaban en nuestra imaginación de una manera que resultaba imposible
“suponerlos” de otra forma y/o con otras características. Eso solo era posible
con la ayuda sonora que nos ofrecía aquel aparato.
En ese sentido la radio era equiparable al estímulo de la imaginación que siempre
despertó la lectura de un libro. Los que fuimos amantes de la lectura tanto
como del juego y las atorranteadas callejeras, disfrutábamos leyendo “Zandokán”
o “El Corsario Negro” de Emilio Salgari, “20.000 leguas de viaje submarino”, “Viaje
al Centro de la Tierra”, o “La vuelta al mundo en 80 días”, fantásticos relatos
de Julio Verne. O los “Cuentos de la Selva” de Horacio Quiroga.
Del mismo modo yo gozaba escuchando en las
siestas catamarqueñas de mi niñez por Radio Catamarca, con el oído pegado al
aparato tratando de participar en cada escena, los radioteatros del actor y
director Domingo Selona quién ponía en el aire diariamente la historia de “El
León de Francia”, aquel enmascarado hijo ilegitimo del Rey de Francia que
protegía y defendía a los pobres (que posteriormente me entere que esa obra
surgió de las plumas de Roberto Valentín y Adalberto Campos). U otro radioteatro que fue el que más me impacto humanamente en aquella infancia –que
no recuerdo el nombre de los actores- quienes contaban las historias y hazañas de
un bandido rural, un especie de Robin Hood criollo que robaba a los ricos para
darles algo a los pobres, y cuyo título fue “Lo llamaban Mate Cocido”
(personaje real que posteriormente fue retratado por Baglietto y León Gieco en
canciones).
Como eran radioteatros, en el caso de “El León
de Francia” luego se representaba la obra en los escenarios de clubes de
barrio. El en club Indú -próximo a mi casa paterna- fui a ver y conocer al
“León justiciero” y resultó ser un gordo petizo con un ridículo disfraz, que me
obligó a irme de la función roto el encanto. Pero eso no me impidió seguir
escuchando la novela.
La magia de la radio. Pero a esa magia la
hicieron añicos
Basta hacerse y hacer a no pocos compatriotas
preguntas como las que siguen:
.- ¿Cuántos argentinos conocen la historia de
la radio, cuantos compatriotas desconocen por ejemplo que la primera radio se
llamó Radio Argentina (conocida también como Sociedad Argentina de
Broadcasting)?
.- ¿Quién se acuerda de Radio Splendid, Radio
Municipal, Radio Mitre (antes de que se la apropiara el mafioso Magnetto),
Radio el Mundo, Radio Belgrano, Radio del Pueblo, Radio Rivadavia, Radio
Stentor?
.- ¿Quién sabe qué de la mente de un Jaime
Yankelevich (empresario propietario de Radio Belgrano) surgió aquella cadena
nacional que junto a Radio Splendid y El
Mundo conformaron “La red azul y blanca de Emisoras Argentina”?
.- Pocos saben o recuerdan que María Eva Duarte
fue una actriz de radioteatro en Radio Belgrano.
.- ¿Cuántos desconocen y otros tantos olvidan
que Enrique Santos Discépolo (Discepolin), además de creador y compositor de
extraordinarias obras filosóficas hechas tango, guionista y actor de cine, fue el
autor de los guiones y el interlocutor en sus diálogos radiales con aquel
personaje imaginario que “fabricó” y llamó “Mordisquito” (a quien le narraba la
malaria de la vida del pueblo durante la década infame y cómo Perón cambió esa vida infame dignificando al laburante), diálogos que los cerraba con un: “A mí no me la vas a contar Mordisquito”?
Acá mismo, en mi Catamarca, y gracias a esa "cadena" a la que pertenecía LW7 Radio Catamarca y se enganchaba a determinadas
horas del día con aquella “red” (acá llamada "entrar en cadena") pudimos conocer a “Los Pérez Gracia” del
inolvidable Raúl Rossi, aquella creación de Alberto Migre y Celia Alcántara. O los
radioteatros de Abel Santa Cruz y Nene Cascallar con actores y actrices de la
talla de Oscar Casco (que con su voz hacía orinar a la audiencia femenina),
Hilda Bernard, Alfredo Alcón, Violeta Antier, Susi Kent, Rosa Rosen, Jorge
Salcedo, Julia Sandoval, Eduardo Rudy. Disfrutar y divertirse con Nini Marschal
y sus personajes “Candida” y “Catita”; o gozar con un Luis Sandrini y su personaje
“Felipe”. Disfrutar del humor de los “5 grandes del buen Humor” (El Pato
Carret, Jorge Luz, J. C. Cambón, Zelmar Guiñol y Guillermo Rico). Escuchar los
domingos al mediodía, por Radio Splendid en frecuencia de onda corta el
programa humorístico “La revista dislocada”
de Delfor y Camarota, con monstruos del humor como Guido Gorgatti,
“Tincho” Zabala y Pepe Arias. Escuchar al uruguayo Juan Carlos Mareco -“Pinocho”-
(quien fuera después la voz del Topo Yiyo) a Pepe Iglesias “El zorro” con sus
imitaciones.
Disfrutar de los programas musicales como “El Glostora Tango Club”, y en folclore. “El Fogón de los Arrieros” con Antonio Tormo y su “Tropilla de Hauchi Pampa”, o Miguelito Franco con su “Un alto en la Huella”.
¿Cuántos catamarqueños no disfrutamos de los
partidos de la liga nacional relatados por la inconfundible voz del gran
Fioravanti?
Los conciertos que se transmitían desde el
Estudio Mayor de Radio el Mundo (edificio de la calle Maipú 555, recuperado en 1988 por y para Radio Nacional); o aquellas competencias
musicales como “Mundolandia busca una Estrella” (en Radio el Mundo; antecedente de
lo que hoy en tv se conoce como “La Voz” y que en aquel entonces llegó a la
final un catamarqueño de nombre Edgardo “Tati” Vitelli cantando “La
Catamarqueña” y fue superado – a mí adolescente entender injustamente- por un trío llamado “Los Fortín Ocho”. Vitelli
con su preciosa voz luego fue integrante y primera voz de “Los nocheros de Anta, antecesores de los actuales "Nocheros");
y las infaltables propuestas culturales
y educativas “Justa del Saber” y “Odol Pregunta” (conducido este último por
“Cacho” Fontana); y el excelente programa conducido por el Gran Antonio Carrizo en Radio
Rivadavia que tituló “La vida y el canto”.
Todas las programaciones radiofónicas, tanto
como las caras de los artistas las descubríamos a través de dos revistas:
Radiolandia y Antena.
Ya en los “60” y “70” del siglo pasado, y en mi
caso recién llegado a BsAs descubrir
joyas como “Rapidísimo” en Radio Rivadavia conducido el Héctor Larrea. Los
musicales nocturnos, como “Modar en la Noche” conducido por Pedro Aníbal
Mansilla; su competencia llamada “Música con Thomson y Williams” conducido por
“Fito” Salinas; el programa de música romántica conducido por Betty Elizalde
que se lo reconocía por su nombre: “Las 7 lunas de Crandall”, o el negro Edgardo
Suarez que con su voz de supermacho hacia humedecer los calzones de las pibas
de aquel entonces conduciendo “Música con Johnnie Walker”. “El Show del minuto”
conducido por un creador peruano apodado “el negro” que dio vuelta el modo de
hacer radio: Hugo Guerrero Marthineitz. Programas por entonces marginales, uno
que se emitía por Radio Excélsior los
días sábado –de una hora de duración- conducido por Leo Rivas, único programa
que pasaba Rock nacional y se llamaba “Rock Para Mis Amigos”.
Hasta aquí la historia de la radio dentro de un
margen de tiempo acotado, rescatada de mi memoria sin pruritos ideológicos; una historia que
contrapongo a “otra historia de la radio” hecha por el “progresismo” que dejó
de lado experiencias que fueron pioneras mundiales en materia radiofónicas.
Cuando los medios televisivos comenzaron a
fomentar la egolatría de los conductores e impusieron la necesidad exagerada de ser observados y reconocidos públicamente
despertando ese afán de ser “estrellas del mundo del espectáculo”, junto al
incontrolable deseo de ser pioneros en romper el encanto y la magia de la radio
mostrando su intimidad, se acabó aquella magia y con ella comenzó la anulación
de la imaginación y la creatividad.
Todo empezó cuando a un gran tipo como Juan
Alberto Badia quien siguiendo la línea creativa del recordado “Pipo” Mancera que
con sus “Sábados Circulares” televisivos abrió el surco de programas que cubrían casi toda la tarde sabatina, el “Beto” Badía creó
su “Badía & Cia” –excelente propuesta de una programa de larga duración-. Pero posteriormente se le
ocurrió la desgraciada idea de crear “Imagen de Radio”; y allí la cagó. Actualmente
y con el streaming aumentaron las mediocres ofertas en medios audiovisuales
gracias a internet y youtube y terminaron
de cagarla. Se acabo el cultivo de la mente. Las redes sociales brindaron lo
que faltaba y el no pensar -menos imaginar-, solo repetir se transformó en la
moneda corriente con la que la “gente” adquirió gustosa la posibilidad de ser
víctima de su propia idiotización. Así se multiplicaron las pedorras propuestas llevadas adelante por extraños y
ridículos personajes transformado en “influencer” que en su gran mayoría
vomitan estupideces vendiéndose por dinero gracias a su gran y/o masiva llegada,
y sus seguidores -todos ignorantes- son quienes se limitan a repetirlas y los
levantan como lo nuevos dioses que piensan por ellos.
Es claro que por falta o mala educación
respecto del uso y aprovechamiento de las nuevas tecnologías, la ignorancia y
la mediocridad en el modo pensar a la hora de utilizar el intelecto, avanzó con
la misma rapidez con que se renuevan las tecnologías. Grave.




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